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Carta a
mi jefe-líder
Por
José Enebral Fernández
Estimado
jefe… Ya sé, ya sé que has seguido diversos cursos de liderazgo,
pero yo sigo
viéndote como jefe y no como líder. La verdad es que no acertamos en
establecer una relación
jerárquica que satisfaga a ambos en pro, y en pos, de la efectividad
y la calidad de vida en nuestro
entorno, de la sinergia, del trabajo en equipo… Sí, yo también,
aun siendo ingeniero, leo libros y
sé de la importancia de aunar efectividad y satisfacción profesional.
Incluso he leído cosas sobre
el liderazgo en la empresa, aunque no sé qué os cuentan en los
cursos para directivos. Desde
luego, y no querría frustrarte mucho, yo no te veo como líder (espero
que no te moleste mucho
que te lo diga).
Quería
hablarte básicamente de profesionalidad y de conocimiento, y he
preferido hacerlo antes
por escrito para ahorrar tiempo en la charla que, ya en vivo y directo,
espero que tengamos.
Tenemos, más o menos, la misma edad y, desde mi experiencia de estos
años en la
organización, creo que no puedo igualar tu capacidad de gestión ni
tu habilidad para las
relaciones con colegas y clientes; pero, francamente, no te veo como líder
(por muchos cursos
que hagas, creo yo) ni me veo a mí mismo como seguidor. La verdad es
que tampoco me veo
como colaborador y ni siquiera como recurso humano; creo que soy un
profesional experto en
mi campo, en el que me desenvuelvo con acierto y responsabilidad, en
conformidad con lo que
supuestamente desea la empresa y dice el presidente, y porque al
parecer pertenecemos a la
“economía del conocimiento”.
Tengo
iniciativas innovadoras, pero también tengo la percepción de que no
son bien recibidas; a
veces me pregunto si de verdad la organización persigue la mejora
continua y la innovación, pero
sé que también puede haber problemas, dificultades, intereses que a
mí se me escapen, de
modo que me resigno. No obstante pienso, y déjame confesarlo, que
careces de conocimientos
técnicos suficientes para evaluar mis sugerencias; admito que tú
tengas el poder y yo, como
mis compañeros, el saber (me cuesta mantenerme actualizado en
conocimientos, aunque lo
intento más allá de los cursos que se orquestan), pero tendría que
haber mayor armonía entre
ambas cosas: poder y saber.
Aquí
va ya una de mis reflexiones. Tal vez podríamos ser más efectivos si
yo tuviera algo más de
poder y tú algo más de saber; pero también podría resolverse de
modo que cada uno tuviera el
poder que le correspondiera por su saber. Simplificando las cosas, yo
no me metería mucho en
lo que hay que hacer o conseguir, y tú no te meterías en el cómo
hay que hacerlo. No sólo me
refiero a procedimientos y normas que me parecen superados por el
sentido común, sino también
a todo eso de los valores corporativos, hábitos, etc., que con tanta
falta de rigor se interpretan.
Dicho
de otro modo, dime qué resultados cuantitativos y cualitativos se
esperan de mí y de la
colectividad, y déjame alcanzarlos sin encargarme trabajos paralelos,
por cierto rutinarios y
burocráticos, cuya necesidad no entiendo, y asimismo sin
interrupciones litúrgicas. En efecto,
tampoco creo necesario que me evalúes con tanta frecuencia y tanta
riqueza de parámetros, ni
que seas mi coach. He leído
igualmente sobre coaching y
sobre la mayéutica, y creo que ni tú
eres Sócrates ni yo tu discípulo. Créeme que me ocupo de mi propio
desarrollo como ser humano
y como profesional, y de nuevo déjame que diga lo que pienso: poco me
puedes enseñar al
respecto.
Pero
lo que más me molesta es que me obligues en ocasiones a trabajar sin
profesionalidad, sin
esmero, por mor de no sé qué motivos.
Seguramente hay razones, en nuestra organización y
quizá en la del cliente, para que los plazos sean más importantes
que la calidad, pero a mí no
me gusta hacer las cosas mal a sabiendas: es como una especie de
prevaricación. Un profesional
es un profesional; si lo que la empresa quisiera fueran empleados,
entonces ésa sería otra
relación (en la que tampoco me parece ver la necesidad de líderes).
El presidente habla (al
menos en público) de la profesionalidad de todos, directivos y
trabajadores; no le he oído yo
hablar de subordinados o empleados, y tampoco utiliza la expresión
“recursos humanos”, salvo
para referirse a los recursos de los seres humanos.
Creo
que es una contradicción demasiado manifiesta que se predique el
aprendizaje permanente,
la profesionalidad, la creatividad, la mejora continua, la calidad, el
empowerment…, y que luego
se me pida que inhiba mi saber hacer, o que mis iniciativas e ideas
sean preteridas, si no
sofocadas. También he leído
(quizá no debería yo leer tanto), que “un buen líder es aquel que
sabe obtener lo mejor de sus colaboradores”… Mira, si yo hago las
cosas bien, créeme que no
es por ti, sino más bien a pesar de ti. Se sugiere igualmente por los
expertos que liderazgo y
coaching son casi sinónimos…
Mira, en los delirios se están alcanzando cotas inimaginables,
pero yo creo que el jefe tiene que ser un buen jefe, con un nuevo e
importante papel en el siglo
XXI, y sin necesidad de ser líder ni de ser coach, salvo que tenga que inventar cosas para llenar
su agenda de reuniones y actividades.
Yo
no necesito un líder, sino saber liderarme a mí mismo; pero es que
creo que tampoco los
júniores (así sugiere el plural la Academia) necesitan un líder
sino, si acaso, un sénior que los
tutele hasta su “mayoría de edad”. Dicho de otro modo, la función
técnica debería tener mayor
independencia del poder gestor, como el poder judicial lo tiene del
poder político. Esto te sonará revolucionario, pero yo te hablo de
autonomía en el cómo hacer las cosas para satisfacer al
cliente, y de menos delirios culturales-doctrinales que parecen
convertir a los directivos en
oficiantes de una liturgia manipuladora. Así veo yo a los supuestos líderes:
como oficiantes de
una liturgia extraña que viene a desviar la atención de lo que sería
la recta economía.
Como
observador, me repugna la idea de que las empresas se empobrezcan (las
acciones se
desplomen) mientras los ejecutivos se enriquecen, y, ya más en mi
entorno, me repugna que la
profesionalidad se sustituya por el seguidismo de los supuestos líderes.
Pero no tengo yo
vocación revolucionaria sino profesional: me gusta saber, y me gusta
aplicar lo sabido. Si tengo
que obedecer contra mis criterios, entonces me desresponsabilizo, e
inhibo facultades y
fortalezas.
Esta
es una reflexión que vale la pena. Parece haber empeño en sostener
la superioridad de los
profesionales de la gestión empresarial (directivos, líderes…) a
expensas de los expertos en las
áreas técnicas. A mí sólo me cabe confesar que, sin suficiente
libertad de acción, no me
considero un profesional experto sino un empleado pagado para obedecer.
Creo que lo decía Pío
Baroja: “En España no se paga por el trabajo sino por la sumisión”.
En los tiempos que corren, el
saber es cada día más importante y cuesta mucho esfuerzo seguir los
avances en los diferentes
campos; la gestión también es importante, pero tal vez el statu quo
habría de reconsiderarse.
¿Estamos en una relación entre jefes y empleados, o estamos en una
relación entre
profesionales de la gestión y profesionales técnicos?
La
empresa tiene derecho a funcionar como quiera y, porque me paga, a que
yo me someta a
sus propósitos e intereses; pero si me piden profesionalidad, eso es
otra cosa. No se puede
obligar a un médico a que recete un medicamento contra su criterio,
ni se puede obligar a un
maestro a que enseñe trigonometría antes que geometría. Si yo
debiera someter a ciegas mi
profesionalidad técnica a tus criterios de una profesionalidad
distinta (la de la gestión
empresarial), entonces mi empeño en hacer las cosas bien podría ser
un obstáculo: de hecho,
a veces creo que lo viene siendo.
Ya
sé que nosotros no vamos a resolver los cambios necesarios en la
empresa, pero yo me
daría por satisfecho mejorando la efectividad y la satisfacción
profesional de nuestro entorno.
Ésa, pasa, créeme, por que te bajes del pedestal y nos veas como
profesionales que saben
bastante, y que desean hacer las cosas mejor cada día. Más que
seguidores, colaboradores,
subordinados, empleados o recursos humanos, somos trabajadores que,
por vocación o prurito
profesional, queremos hacer las cosas en armonía con lo que sabemos y
en conformidad con los
resultados que se nos exigen. Estimado jefe, por tener un despacho más
grande no sabes más,
ni eres infalible: simplemente, tienes un despacho de mayor extensión.
Por hacer muchos
cursos de liderazgo, no eres líder: simplemente tienes más cursos en
tu expediente. Por estar
continuamente evaluándome no eres superior, eres simplemente un
seguidor de las normas
internas. Ah, y lo que tú haces no es coaching:
el coaching es otra cosa.
De
todo esto podemos hablar si, como yo, buscas una mayor efectividad
colectiva y una
deseable satisfacción profesional de todos; si, por el contrario, lo
que buscaras fuera defender
una posición de privilegio a toda costa, entonces… Entonces en
realidad no haría falta que
habláramos. Este trabajador queda a tu disposición, pero también a
la espera de ser convocado
con la intención de encontrar una nueva y más idónea relación jerárquica.
José Enebral Fernández
Consultor
jenebral1@mi.madritel.es
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