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Impacto emocional: Algo más que palabras
Jesús
María Fernández Acebes

Que
estemos hoy en un momento trascendental de la gestión en la empresa
no es porque la
tecnología esté avanzando a pasos agigantados, casi a la velocidad
de la luz, ni porque la
comunicación nos permita tener información en tiempo real y ni
porque la globalización sea un
hecho palpable, no. Esta trascendencia viene dada porque el comprador,
a la hora de elegir
proveedor, ha dejado de ser lineal.
Cuando
una empresa es elegida como proveedor, ya no lo es sólo porque tenga
una calidad
óptima, sino porque es percibida como alguien en que se puede confiar.
Hoy, el cliente se
mueve por sentimientos: “Este proveedor me hace sentir bien, apuesto
por él”. Además, este
cliente quiere quedarse para siempre con ese proveedor. Necesita
colaboradores de confianza
que le ayuden a dar la respuesta que le exigen, a su vez, sus clientes
y ¡quién mejor! que sus
proveedores. Es decir, el cliente ha unido confianza y lealtad. Ha
roto la linealidad que había
entre tecnologías, técnicas y sistemas de comunicación excelentes y
ser elegido. El se mueve
ahora por sentimientos, por lo que intentar impactarle a nivel
racional está muy complicado, por
no decir imposible. Esta es la razón por la que hablarle de
prestaciones estratosféricas, de
créditos blandos, de call centers, de tarjetas de puntos…, ya no le
cause ninguna impresión.
No le llega al corazón, se queda en la mente y, hoy, el impacto
mental no va más allá del “no
me queda más remedio”, lo que significa que no creará ningún tipo
de compromiso con el
proveedor. Ese compromiso sólo se hará realidad si el impacto se
produce en el corazón, es
decir, si el impacto es emocional.
Ahora bien, esta nueva realidad conlleva, por un lado, que hay que
sumergirse de lleno en el
mundo de las emociones y, por otro, como consecuencia directa, que el
profesional tiene que
ser el único protagonista, lo cual es duro de asimilar, en especial
por parte del técnico, lo
cual es totalmente lógico. Desde siempre nos han educado en la
dirección del conocimiento,
de la experiencia, de las habilidades y de las tecnologías y técnicas
de última generación,
como para que ahora se nos diga que todo ello es algo secundario y el
profesional es la clave.
Se podrá aceptar racionalmente, pero llegar a sentirlo va a costar. Y
va a costar porque para
ello hay que sentir que las emociones están al principio y al final
de todos los mecanismos de
decisión y ese sentimiento, sin saber qué son las emociones y cómo
se gestionan, es muy
problemático de tener.
Durante miles de años hemos ignorado que son las emociones las que
están detrás del
comportamiento, tanto individual como colectivo. Esa es la razón por
la que, cuando, por
ejemplo, hemos estado ante un cliente y ante su comportamiento hemos
tenido una respuesta
que nos ha hecho perder una oportunidad, tengamos la reacción
habitual de achacarlo al mal
carácter del cliente o al mal producto que tenemos o a la mala imagen
que tiene nuestra
empresa o…, es decir, siempre encontremos las razones fuera de
nosotros, rara vez
reconozcamos la emoción de miedo o de ira que hemos tenido, el
pensamiento asociado que
tenemos a esa emoción y el sentimiento que nos ha llevado a tener
dicha respuesta. Mientras
no demos solución a estos déficits, no seremos capaces de impactar
emocionalmente, de ahí
la urgencia de empezar a hablar en clave de emociones.
Así pues, la realidad de la actividad empresarial hoy gira en torno a
que el cliente decide en
base a percepciones emocionales -lo que entraña que el proveedor
tenga profesionales
desarrollados emocionalmente-, y va buscando tener un proveedor para
toda la vida -lo que
implica que esos profesionales deban ser los únicos protagonistas-.
No es de extrañar, por tanto, que estemos viviendo la dramática
paradoja de tener los más
altos niveles de excelencia, el mejor servicio posventa, la mayor
inversión en I+D, el mayor
número de gente en la calle…, y, en cambio, estar teniendo las
mayores dificultades para
conseguir clientes y, no digamos, para que éstos se queden. Estamos
en un momento crucial.
O se apuesta por más de lo mismo o por ‘crear’ un profesional
capaz de impactar
emocionalmente. Son las dos alternativas. Ud., ¿por cuál se decide?
Jesús
María Fernández Acebes
Doctor Ingeniero Industrial en Marketing Industrial
Profesor de la Escuela de Ingeniería de Bilbao
jesusmaria.fernandez@ehu.es
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